LAS TERCIANAS EN CORRAL DE ALMAGUER DE 1803 A 1805

UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID

DEPARTAMENTO DE HISTORIA MODERNA

REVUELTAS SOCIALES. HAMBRE Y EPIDEMIA EN TOLEDO Y SU PROVINCIA

LA CRISIS DE SUBSISTENCIAS DE 1802 A 1805

DE: MARIANO  GARCÍA RUIPEREZ

LAS TERCIANAS EN CORRAL DE ALMAGUER  1803 A 1804 (Pagina 507)

Aunque seguramente, los vecinos de Corral de Almaguer padecieron las fiebres palúdicas desde 1800, hasta el año 1803 la enfermedad no adquirió carácter epidémico. Las inundaciones del río Riansares y las pésimas cosechas recogidas complicaron la situación de sus habitantes, de tal forma que más de 1.500, de los 3.000 que allí vivían, sufrían las tercianas en agosto de 1803. La iglesia parroquial no podía recibir más cadáveres y el olor que en ella se respiraba era insoportable.

El ayuntamiento y cura párroco acudieron, entonces, al Consejo de Castilla con la confianza de que les fuera permitido sacar dinero del pósito para ayudar a los más pobres. El Consejo, por medio del Gobernador de Ocaña, autorizó a emplear 4.000 reales de ese fondo, siempre que fuera administrado por una Junta creada según el modelo descrito en la Circular de 13 de agosto de 1786.

También ordenó el riego con agua cal del suelo de las iglesias, y encargó al médico que explicara las causas de la enfermedad y enviara partes quincenales de su evolución.

En septiembre de 1803, de nuevo la Justicia pidió al Consejo que, en atención a la situación de sus vecinos, se les perdonara parte o el todo de los repartimientos de Reales Contribuciones.

Ya en ese mes se había formado la Junta de Caridad. Su primera medida, una vez en su poder los 4.000 reales, consistió en elegir la ermita de San Sebastián como lugar más idóneo para ubicar los nuevos enterramientos.

A principios de octubre de 1803, el médico de la localidad, Antonio López de Segovia, y el cirujano Froilán Martínez Angula, describían que: el estado de las enfermedades que se padecen generalmente en este Pueblo y que sufren más de 1.500 de sus vecinos en la actualidad, y es el de su mayor fuerza, consistiendo ésta en calenturas intermitentes o tercianas de toda especie; remitentes, terminando dichas calenturas en intermitentes y al contrario éstas en aquéllas, siendo la mayor parte pútrido nervioso El número de enfermos no había descendido desde agosto. El agua estancada como consecuencia de las inundaciones, había provocado la pérdida de las mejores tierras.

 Los naturales sufrían la epidemia sin tener en donde conseguir su alimento. El método curativo que hasta entonces habían venido utilizando con éxito se basaba en: la purificación de la atmósfera y habitaciones de los enfermos, a éstos alimentos de buena calidad, buena quina para combinarla, o por sí sola, con los medicamentos antipútridos, los tónicos y estimulantes y finalmente todos los auxilios que prescribe la ciencia médica según las circunstancias de los enfermos y variedad de síntomas que se presenten.

Conocidas estas noticias en el Consejo, y ante el hecho de haber gastado ya, la Junta de Caridad, buena parte de los 4.000 reales, se quiso autorizar, el 31 de octubre, la venta de unas maderas de álamo negro, cortadas en el Real Vivero existente en esa villa y que eran propiedad del Monarca. El 5 de noviembre de 1803, la Junta acudió a esa institución de nuevo para solicitar doce libras de quina, que una semana después ya habían sido consumidas, por lo que se volvió a pedir una mayor cantidad.

En un nuevo informe del médico y cirujano de la villa, fechado el 18 de noviembre de 1803. se viene a señalar que el número de enfermos era entonces de 1.040, a los que había que sumar 90 convalecientes de ocho días, 120 de quince a veinte días, y 911 de hasta cuarenta días. La sufrían toda clase de vecinos ya fueran ricos, medianos o pobres, pero únicamente fallecían los que carecían de alimento y medicinas, o los que se le complicaban las tercianas con otras causas.

La falta de atención médica motivada por el hecho de que muchos enfermos no daban a conocer su estado, y la existencia de quina de ínfima calidad y muy cara, impedía mejorar los resultados del método curativo adoptado.

La Junta de Caridad, también llamada Junta de Socorros, dispuso en esos meses del otoño de 1803 de más de 10.000 reales para financiar sus actividades. A los 4.000 reales que el Consejo autorizó a sacar de su pósito, se unieron otros 3.000 reales concedidos de limosna por el Infante  Don Francisco de Paula, 1.000 reales del Infante Don Antonio y 2.000 reales de la obra pía de Ntra Sra. de la Concepción, a los que habla que sumar los caudales devengados por el utensilio de la tropa.

Con esos fondos, procedió a dividir la villa en cuatro cuarteles, encargando a cada uno de los eclesiásticos que componían la Junta que diariamente socorriesen a los más necesitados con media libra de carne, dos cuartos de manteca y uno de garbanzos.

La ración disminuía si en cada casa había más de un enfermo.

A mediados de noviembre de 1803 se contabilizaron 1.038 enfermos y 1.225 convalecientes. Los miembros de la Junta también padecieron la epidemia “y por esta razón han faltado los alimentos bastantes días, y en ellos se ha experimentado dos terceras partes de muertes más que se desgraciaban antes”.

Pasaban de 1.500 las personas que carecían de medios para sobrevivir. Por ello se acudió al Consejo para pedir que se les permitiera utilizar los fondos del Pósito, se diera trabajo a los jornaleros en el descuaje del monte, y se enviara un médico de prestigio.

 La mortalidad en esas semanas se había disparado, y ya estaban repletos de muertos el suelo de la ermita de San Sebastián con 70 cadáveres, el de Santa Ana con 16 cadáveres y el de la iglesia del Santo Hospital

 El 23 de noviembre, el Consejo ordenó al Intendente de La Mancha que enviara a Corral de Almaguer a uno de los médicos que esos días visitaba los pueblos infectados en esa provincia. El designado tendría, también, que relatar la situación de los pueblos toledanos que atravesara hasta llegar a la villa. El mismo día se dispuso que la Real Botica suministrase una arroba de quina a la Junta de Socorros de Corral

El médico comisionado, como sabemos, fue José Martínez de San Martín, que desde Socuéllamos emprendió la marcha hacia Corral, a donde llegó el día 11 de diciembre de 1803.

La Junta de Socorros seguía buscando medios para proseguir con sus auxilios a los necesitados. En la primera decena de diciembre de 1803 obtuvo 6.000 reales más de los bienes que el Colegio de San Bartolomé de Salamanca tenía en esa población. A ellos habría que sumar otros 738 reales de su pósito y 603 reales por cuestación popular.

Todo ello era muy poco si se tenía en cuenta que los pudientes debían, desde 1795, unos 136.000 reales a los propios de la villa por subasta de hierbas, y que del pósito municipal se habían sacado 50.000 reales para el pago del cupo de los 300 millones, y una cantidad no inferior a 36.000 reales estaba en poder de los deudores del pósito sin haber sido reintegrado.

Los enfermos pacientes eran, en esas fechas, 1.032. y los convalecientes, 1.191.El médico José Martínez de San Martín elaboró su informe sobre la situación de la epidemia en Corral de Almaguer el día 17 de diciembre de 1803:

“Las enfermedades que padece esta villa son tercianas quartanas, hidropesías, calenturas lentas.. nerviosas. Escorbuto y otros efectos crónicos consecuencias de las primeras, que han formado el carácter de la epidemia

Para la curación de los pobres necesitados, los dividió en tres clases:

“1.-De actualmente enfermos; a éstos se les debe suministrar carne, vino. medicinas en la forma que disponga el médico.

  2.-De convalecientes algún tanto separados; para éstos pueden establecerse las comidas económicas del Conde de Rumfort en la forma que las ha ensayado la Sociedad Económica de Madrid; y con este objeto dejo en poder de Vms. un ejemplar de la obrita publicada por aquel Real Cuerpo; e igualmente dejo pagadas cien arrobas de patatas que dedico al alivio de estos infelices. A esta clase deben pertenecer también la viuda, el huérfano y todos los que se hallan imposibilitados de adquirirse su sustento.

  3.- Clase de Pobres que no están enfermos, pero que no teniendo que comer ellos ni sus familiares perecerán víctimas de la hambre y de la miseria...”. Para estos últimos, José Martínez de San Martín, solicitó que se les diera trabajo en las obras públicas.

Antes de marchar, el día 23 de diciembre, a Puebla de Almoradiel, San Martín visitó a todos los enfermos, suministrando las recetas de forma gratuita y curando especialmente a los que padecían hidropesía que antes de su llegada resultaba mortal para los que la sufrían.

La Junta de Socorros puso en práctica la Sopa Económica. En los ensayos previos se apreció que con 30 reales se podían alimentar 60 pobres, dándoles a cada uno como tres libras de la sopa, y una ración de pan consistente en 1/16 parte de un pan de dos libras. Su opinión del invento gastronómico del Conde de Rumford es la siguiente: “Es la sopa un manjar agradable y de sustento pues los que componen la Junta han sido los primeros a comerlo con gusto

y placer, a vista de los infelices a quienes se les repartió al mismo tiempo, que con indecible alegría lo comían y derramaban sus bendiciones a los bienhechores, y clamaban se diese a Dios gracias”

Los enfermos de escorbuto fueron reunidos en la sala del Hospital de Corral de Almaguer. para atenderlos mejor. Poco a poco, en enero de 1804, los tercianarios fueron disminuyendo en número, hasta quedar reducidos a 516 a principios de febrero, pero a costa de haber consumido toda la quina remitida por la Real Botica. Por aquel entonces eran muy pocos los que morían, gracias también a la Sopa económica que recibían más de 600 personas, y que costaba a la Junta diariamente en torno a los 300 reales.

El Duque de la Roca, a instancia del infante Don Francisco de Paula, regaló doce fanegas de trigo tranquillón para hacer la harina, y otros miembros de la Junta suministraban gratuitamente nabos, legumbres, verduras, vinagre y especias para añadir a la Sopa. Su reparto era controlado directamente por estos últimos.

A los enfermos más graves se les socorría con carnero, garbanzos y manteca para puchero, y además se les daba las medicinas recetadas por el médico de forma gratuita.

El 3 de febrero de 1804, ante la detección de algunos casos de viruela, la Junta pidió al Consejo que se enviara a Corral fluido vacuno, como se había hecho el año anterior.

 Carlos IV volvió a prestar su apoyo a esta villa toledana, de ahí que ordenara a su Real Botica el envio de media arroba de quina. La Academia Médica de Madrid fue encargada de remitir un cristal con fluido vacuno reciente y suficiente para inocular hasta cuatro niños.

 La vacuna llegó a Corral el 23 de febrero y enseguida fue suministrada a los más pequeños de la siguiente manera: siendo cada uno de los de la Junta los que servían y auxiliaban al Facultativo, los vendajes tafetán para las picaduras y demás utensilios, teniendo los Niños y exhortando a todos a tan benéfico preservativo.

 El Cura Párroco Don Juan Domingo Vélez Camino con el celo que le distingue y caracteriza tenía los cristales abiertos para que no se confundiesen y serbia el Bao del agua caliente para disolverlo y hacer la operación; Estos actos de virtud y terneza hicieron en los concurrentes todos los efectos que se propuso la Junta, pues se fue extendiendo de unos en otros la sencillez de la operación y sus ventajas; tanto que ya corrían y acudían las madres y padres con sus iernos hijos a la vacunación oyéndose a muchos de éstos: Senor, pégueme Vd. Las viruelas.

En marzo de 1804, los enfermos no pasaban de 220, aunque a principios de abril ya se contaron cerca de 400. Si a mediados de diciembre del alo anterior vivían en Corral 3.002 personas, después de haber fallecido en el transcurso de ese año 438, el 6 de abril de 1804. el vecindario estaba compuesto por 2.860 almas. Por entonces se seguía suministrando a 628 pobres la sopa económica, y a los enfermos más graves los ingredientes para un puchero. Pero a mediados de abril, los problemas económicos originados por la negativa del regente de la jurisdicción por el estado llano a entregar 4.000 reales a la Junta de Socorros supuso el fin de esa medida.

El Consejo de Castilla ordenó inmediatamente la entrega de ese cantidad por carta de 18 de abril, percibiendo al ayuntamiento para que no entorpeciese la labor de la Junta. Una semana después los vecinos más necesitados volvían a recibir la sopa del Conde de Rumford, en cuya distribución se utilizaba el siguiente método:

El mismo Señor Cura, u otro de la Junta, toma el cazo y se reparte por orden la comida, estando los demás unos dando el pan, otros haciendo se observe el orden en la puerta de entrada y salida, y otros en la cocina arreglando las cosas de ella Los ingredientes básicos de la Sopa eran el arroz y la patata ya que escaseaban la harina y las verduras. Con ella se socorría a finales de abril a cerca de 150 personas. Los enfermos con tercianas, cuartanas y otras dolencias sumaban entonces los 260.

La Junta de Socorros seguía ayudando a pobres y enfermos aunque ningún miembro del ayuntamiento acudía a sus reuniones. Los hacendados, deudores de los bienes de Propios y del Pósito, no veían con buenos ojos una institución que por todos los medios buscaba en el reintegro de las deudas antiguas la solución a sus problemas económicos.

El procurador síndico, Francisco Antonio Collado, el 17 de mayo de 1804, acudió al Consejo en solicitud de que se entregara trigo del pósito a los labradores, para que pudieran iniciar las labores de recolección.

Durante los meses de mayo, junio y julio el número de tercianarios se mantuvo constante. Esta etapa fue aprovechada por el médico titular Antonio López Segovia para pedir una gratificación al ayuntamiento y Junta de Propios, como compensación al mucho trabajo que había tenido que soportar durante la epidemia. Pero de nuevo, el 22 de agosto, Francisco Antonio Collado llegó a escribir que :“Los enfermos en el día pasan de setecientos, los males que les afligen son calenturas nerviosas y tabardillos, sin médico, ni cirujano treinta y más días hace, por hallarse todos en cama, mueren los pobrecitos como bestias, sin consuelo de facultativos, la caridad y buena Administración de justicia no se conoce ni aún por la corteza

Ante esas noticias el Consejo ordenó a José Martínez de San Martín que de nuevo acudiese a Corral para examinar la situación. Ya habían muerto en los ocho primeros meses de 1804 un total de 213 personas por tan sólo 43 nacimientos. A principios de septiembre, San Martín llegó a Corral quedando sorprendido “al ver tanta miseria”. Con la ayuda de buena quina, y sobre todo merced a las obras efectuadas para dar curso al río y acequias, se logró disminuir considerablemente el número de enfermos

 En octubre de 1804 la epidemia de tercianas se batía en retirada. La Junta de Socorros por falta de medios dejó de prestar sus servicios a partir de finales de abril. En los cuatro primeros meses de ese año se habían gastado 30.448 reales, de los que 24.276 reales correspondían a la Sopa Económica y 6.172 reales a carne, manteca y garbanzos para los más enfermos.

Los veinte meses que van desde enero de 1803 a agosto de 1804 habían supuesto para Corral de Almaguer un crecimiento natural negativo de 500 personas. La población había disminuido un 20 por ciento. Los más pobres y los más débiles perdieron su vida como consecuencia de esa crisis demográfica.

 

( Ahora que hay tiempo para hacerlo , recomiendo la lectura completa de este episodio que afecto a Toledo y su provincia y que podéis encontrar y bajar en PDF en  https://eprints.ucm.es/2365/, bajo el titulo  Revueltas sociales, hambre y epidemia en Toledo y su provincia : la crisis de subsistencias de 1802-1805)